Cada mañana

Ilustración junto al texto de Rocío Marchetti para hablar de salud mental en la edición nº9 de la revista Femiñetas.

Illustration with the text by Rocío Marchetti to talk about mental health in edition #9 of Femiñetas magazine.

Escribe: Rocío Marchetti • Ilustra: Rigelmoon

Apenas enciendes el fuego para que comience a hacerse el café las paredes de arbustos se levantan a tus costados definiendo un largo pasillo. Intentas mantener la vista fija en el suelo para hacer caso omiso cuando adviertes que aquel pasillo de arbustos está rebosante de luz matinal y dibuja un recorrido lineal que únicamente demanda avanzar en línea recta. Bueno, ni tan mal, vamos que este día será un antes y un después. Ya el solo hecho de imaginarlo te incentiva a sentir un poco de cariño por ese café que se está haciendo y hasta incluso arriesgarías un poco de fe en la humanidad en su conjunto, por qué no. La humanidad está mal y yo peor, pero tampoco hace falta mucho, un poco de voluntad nada más.

Vas bebiendo a sorbos tranquilos tu café y te sientes poco a poco de vuelta persona. Sabes que no has perdido la fe en la especie humana y su capacidad de transformarse, aunque en ti lo veas un poco regulinchi. Al final del pasillo se vislumbra de repente un límite y el follaje que te circunda a modo de paredes no muestra ningún hueco por el cual salirte de los límites que te marca. No importa, el juego está echado y hemos venido a jugar. Llegas al final de este primer tramo cuando descubres que puedes continuar por un corredor lateral. Haré algo que disfrute hacer, sin presiones, hoy me voy a mimar. En esta nueva parte los arbustos se ciñen por encima de ti formando algo más parecido a un túnel, pero de todas formas continúas avanzando lentamente. ¿Qué me apetecería hoy? ¿Salir a caminar, ir a la playa? ¿Sentarme en un café, ir a ver una peli? ¿Cocinarme algo rico, quedar con amigas? Te empieza a dar un poco de frío caminar por allí, anhelas cada vez con más fuerza aquel espacio diáfano del principio donde el solecito aún calentaba. Con cada posible plan que te propones pero no acaba de entusiasmarte este pasillo se extiende volviéndose cada vez más oscuro. Bueno vale, ahora no lo veo claro, voy a estar tranquila durante la mañana en casa y luego ya veré.

Ya el sol comienza a bajar y tú estás aún en pijama. En aquel túnel oscuro recubierto de arbustos ya poco se distingue cuando de repente llegas a una bifurcación, un nuevo pasaje que se abre ante ti cual oasis y es uno a cielo abierto. Bueno quizás lo que deba hacer, para que este día sea efectivamente un antes y un después sea permitirme estar mal y ya ¿no? Aunque por encima de ti vayan apareciendo poco a poco estrellas, este nuevo tramo es bastante más estrecho. Hacer una maratón de una serie que no me haga pensar, pero no, espera, cuál. Cocinarme una rica cena de esas que no me hago hace tiempo, pero no, qué pereza bajar a hacer la compra. Hacer nada y ya, pero espera, qué concretamente. Cada nuevo recoveco que se abre en el camino es cada vez más corto y tiene tantas alternativas que parece llevarte a caminar en círculos.

Has cenado otra vez solo vino y estás en posición fetal. No puedo ni siquiera saber cómo estar bien, no puedo ni siquiera estar mal y permitírmelo sin culpa. Has terminado en el centro justo de este laberinto y la salida la adivinas muy lejos de ti. ¿Podré alguna vez simplemente estar bien? ¿Podré alguna vez permitirme estar simplemente mal? En la noche cerrada que se abre ante tus ojos buscas de reojo ver una estrella fugaz para pedir un deseo. Te cagas en todo porque el impulso de querer encontrarla te hace caer en la cuenta de que no tienes muy claro qué es lo que pedirías.

Enojada abandonas la posición fetal y sin darte cuenta acabas masturbándote como en un polvo de reconciliación contigo misma. Tu cuerpo agradece el shot de dopamina y tu mente también. Estás aquí tendida sin saber dónde está la salida pero ahora mismo, en este instante estás en calma y te das cuenta que de haber aparecido una estrella fugaz, hubieras pedido volver a estar tranquila contigo misma. No es mucho pero no es poco, y te duermes sabiendo que hay una motivación que sigue intacta. No sabes si eres digna representante de la especie humana tan capaz de transformarse. Pero el mero deseo te devuelve la confianza de que podrás volver a intentarlo mañana, como cada mañana, mientras preparas el café.